
Investigadores de la UNNE y el CONICET analizaron cientos de valvas halladas en la Isla El Disparito, en los Esteros del Iberá. Las marcas encontradas en las almejas permitieron determinar que comunidades humanas las recolectaban y consumían hace más de mil años.
En el corazón de los Esteros del Iberá, un conjunto de restos que durante años pudo parecer simplemente una acumulación de caracoles y almejas terminó convirtiéndose en una pieza clave para reconstruir parte de la historia humana y ambiental de la región.
Un equipo multidisciplinario encabezado por investigadores de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE) y el CONICET estudió cientos de valvas de moluscos de agua dulce encontradas en el sitio arqueológico Isla El Disparito, ubicado en la laguna Trin, en Corrientes.
Los resultados permitieron establecer que esas acumulaciones tienen una antigüedad aproximada de entre 1.000 y 1.200 años y aportaron nuevas evidencias sobre la manera en que los antiguos habitantes de los humedales aprovechaban los recursos disponibles en su entorno.
El trabajo fue publicado en la revista científica internacional Historical Biology.
Las almejas guardaban una pista clave
La investigación se desarrolló desde una perspectiva tafonómica, una disciplina que analiza los procesos que atraviesan los restos biológicos desde la muerte del organismo hasta su hallazgo por parte de los investigadores.
El análisis permitió identificar tres especies de bivalvos de agua dulce: Diplodon parallelopipedon, Diplodon charruanus y Castalia sp., todas pertenecientes a la familia Hyriidae.
La presencia de estas especies resulta especialmente significativa porque, según explicaron los investigadores, hasta hace poco no se consideraba que habitaran los Esteros del Iberá.
Además de aportar información sobre la biodiversidad pasada de la región, los restos permitieron establecer una conexión directa con las comunidades humanas que ocuparon el territorio durante el Holoceno tardío.
Una marca en forma de “V” reveló cómo fueron utilizadas
Uno de los principales indicios encontrados por los investigadores fueron unas marcas en forma de V ubicadas en los bordes de numerosas valvas.
El patrón fue observado especialmente en ejemplares de Diplodon parallelopipedon.
De acuerdo con el análisis realizado, esas marcas son compatibles con la apertura de los moluscos mientras todavía estaban vivos. En otras palabras, constituyen una evidencia de que las almejas fueron manipuladas por personas para acceder a su interior.
La concentración de restos, sumada a las características de las marcas y a la predominancia de determinadas especies, llevó al equipo a interpretar que la acumulación tuvo principalmente origen humano.
Esto permite diferenciarla de una concentración producida exclusivamente por fenómenos naturales, como el movimiento del agua o el viento.
La evidencia apunta así a una práctica concreta: los antiguos pobladores recolectaban las almejas, las abrían y aprovechaban su contenido como alimento, dejando posteriormente las conchas en el lugar.
Un sitio arqueológico con una historia mucho más amplia
La Isla El Disparito se encuentra en la laguna Trin, dentro de los Esteros del Iberá, y constituye un sitio arqueológico de gran relevancia.
Las primeras intervenciones arqueológicas se realizaron entre 2011 y 2012, cuando investigadores encabezados por el arqueólogo Juan Mujica trabajaron en el área.
Durante esas investigaciones fueron encontrados entierros humanos, piezas ornamentales, fragmentos de cerámica y herramientas de piedra, entre otros materiales.
El equipo de la UNNE comenzó sus propias investigaciones en el lugar en 2014 y continúa desarrollando trabajos en la zona.
El banco de valvas analizado se extiende aproximadamente 60 metros a lo largo de la costa y presenta sectores que permanecen parcialmente sumergidos.
Esta característica convierte el trabajo de campo en una tarea especialmente compleja, ya que las condiciones del agua pueden modificar constantemente el acceso a los materiales.
Una investigación que reunió distintas disciplinas
Uno de los aspectos destacados del estudio fue la participación conjunta de especialistas de diferentes áreas.
El trabajo estuvo coordinado por los doctores Mateo Daniel Monferrán y Oscar Florencio Gallego, investigadores del Centro de Ecología Aplicada del Litoral (CECOAL-CONICET-UNNE) y de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales y Agrimensura (FaCENA-UNNE).
También participaron la licenciada Raquel Elizabeth Romero y los técnicos Carolina Giese y Carlos González, junto con las investigadoras Carolina Piccoli y María Carolina Barboza, de la Universidad Nacional de Rosario (UNR-CONICET).
El proyecto tuvo su origen en el Trabajo Final de Graduación de Raquel Romero, dirigido por Monferrán y Gallego.
A partir de aquella investigación inicial se conformó un trabajo que integró paleontología, ecología, arqueología y antropología, además de análisis morfológicos, estadísticos y dataciones radiocarbónicas.
La combinación de esas herramientas permitió obtener una imagen más completa sobre el vínculo entre las comunidades humanas y el ecosistema del Iberá hace más de un milenio.
El Iberá también conserva una historia humana
Para los investigadores, el descubrimiento permite ampliar la mirada sobre los Esteros del Iberá.
Más allá de su enorme valor ambiental y de la biodiversidad que caracteriza actualmente a la región, el territorio también conserva evidencias de una larga ocupación humana.
Conocer qué alimentos utilizaban aquellos grupos, qué recursos obtenían del agua y cómo se adaptaban a un ambiente marcado por las inundaciones y los cambios en los niveles de las lagunas permite comprender mejor la relación histórica entre las comunidades y los humedales.
En ese sentido, las pequeñas marcas encontradas en las valvas terminaron aportando una información que no era evidente a simple vista: hace más de mil años, quienes habitaban el Iberá también recurrían a sus recursos acuáticos para alimentarse.
El estudio fue financiado por la UNNE, la UNR, la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo y la Innovación (ANPCyT) y el CONICET, y constituye un nuevo aporte de la ciencia argentina al conocimiento del patrimonio natural y cultural de la región.
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